El pasado viernes 29 de mayo fue un día que siempre recordaré.
Los lugares los hace la gente. Y si Isidro y yo nos sentimos entre amigos fue gracias a la cercanía y el calor de todos los callosinos y callosinas que nos arroparon, no sólo con su presencia, si no con su deseo de saber y de compartir. Porque es increíble la tremenda cantidad de historias que se esconden dentro de cada uno de nosotros. Uno de los asistentes nos contó, con emoción apenas contenida, que 84 años después, había conseguido recuperar los restos de su padre, perdido en el silencio helado de una fosa común, como tantos otros.
Gracias por estar ahí.
Y gracias a Jesús Torá que se curró mi presentación que quedó chulísima.
Gracias a Damián Sabater Culiañez, ex alcalde de S. Isidro por el PSOE, y que nos enriqueció a todos con sus increíbles historias de su pueblo de colonización agrícola, y en donde él, como otros hijos de colonos, se entretenía con los restos óseos que encontraban mientras jugaban en la tierra recién labrada. Sobre todo aquel día, cuando tropezaron con aquella calavera todavía con pelo. Y es que en San Isidro, antes de convertirse en un pueblo de colonización agrícola, fue el lugar donde se ubicó el campo de concentración sobre el que llevo trabajando media vida.
Gracias a Gines Pelegrín, Concejal de Cultura, por estar ahí, acompañandonos y representando al Ayuntamiento de Callosa.
A Inés Moya, directora de la biblioteca municipal, por facilitarme su acogedor salón de actos para hacer la presentación.
Y, para terminar, y no por ser menos importante, gracias a José Rocamora, escritor callosino que también me arropó con su presencia.